domingo, 22 de abril de 2018

IV DOMINGO DE PASCUA :"YO SOY EL BUEN PASTOR"


El tiempo de Pascua nos llena de gozo, y la fuente de este gozo es el amor indómito de Dios que nos llega por Jesucristo. Ningún rechazo, ninguna injusticia, ninguna crucifixión, ningún sepulcro, puede frustrar el poder del amor de Dios.
No hay imagen que nos hable mas profundamente, mas hermosamente y mas íntimamente sobre el amor de Dios que la imagen del pastor que da su vida por sus ovejas.

Mas que un pastor que ‘guía,atiende, refresca, rescata, alimenta, reúne,y unge’ sus ovejas, el pastor del evangelio de Juan es uno que ‘ENTREGA SU VIDA VOLUNTARIAMENTE POR SUS OVEJAS Y LA RECUPERA POR ELLAS’. El tiempo de Pascua nos llama ves tras ves a fascinarnos con este misterio de la pasión y resurrección de Cristo, y de centrar nuestras vidas en su amor salvador. No es para una multitud, por grandes números, que Cristo da su vida, sino es por cada persona – sin excepción – a quien el conoce y llama por nombre. Es para la oveja perdida – es para ti y para mi. Pablo entendió esto y esto cambio su vida: “He sido crucificado con Cristo, y ya no vivo yo sino que Cristo vive en mí. Lo que ahora vivo en el cuerpo, lo vivo por la fe en el Hijo de Dios, quien me amó y dio su vida por mí”(Gálatas 2,20). (Tened en cuenta como Pablo enfatiza como entiende el amor de Dios tan personalmente.) Cada persona puede profesar estas palabras de Pablo; verdaderamente, este es en corazón de la experiencia cristiana del amor de Dios en Cristo. Dos mil años después, somos los que estamos históricamente mas halla del rebaño original, pero somos lo que hemos también oído su voz y pertenecemos a su rebaño. Este evangelio también nos recuerda que somos llamados por nombre, somos llamados a responder a la voz del pastor sobre todas las voces.

sábado, 14 de abril de 2018

III DOMINGO DE PASCUA


«El camino de Emaús se transforma así en símbolo de nuestro camino de fe: las Escrituras y la Eucaristía son los elementos indispensables para el encuentro con el Señor. También nosotros llegamos a menudo a la Misa dominical con nuestras preocupaciones, nuestras dificultades y desilusiones. La vida a veces nos hiere y nos vamos tristes hacia nuestra “Emaús”, dando la espalda al designio de Dios. Nos alejamos de Dios. Pero nos acoge la Liturgia de la Palabra: Jesús nos explica las Escrituras y reenciende en nuestros corazones el fuego de la fe y de la esperanza y en la comunión nos da fuerza.

Palabra de Dios y Eucaristía: leer cada día una parte del Evangelio, recuérdenlo bien, leer cada día una parte del Evangelio y los domingos ir a hacer la comunión, a recibir a Jesús. Así sucedió con los discípulos de Emaús, han recibido la Palabra, han compartido la fracción del pan, y de tristes y derrotados que se sentían, se sintieron alegres. Siempre, queridos hermanos y hermanas, la Palabra de Dios y la Eucaristía nos llenan de alegría. ¡Recuérdenlo bien! ¡Cuando tú estás triste o algo así, toma la Palabra de Dios! ¡Cuando tú estás desanimado, toma la Palabra de Dios y ve a la Misa del domingo a hacer la Comunión, a participar del misterio de Jesús! Palabra de Dios, Eucaristía: nos llenan de alegría.»
S.S. Francisco

lunes, 19 de marzo de 2018

¡FIESTA DE SAN JOSÉ, PATRONO DE LA IGLESIA UNIVERSAL!


ESPOSO DE MARÍA y PADRE VIRGINAL DE JESÚS.

FIESTA: 19 de marzo

San José es llamado el “Santo del silencio” porque no se conocen palabras expresadas por él; solo se sabe de sus actos de amor y de protección hacia la familia.

San José es cabeza de la Sagrada Familia. El hombre en quien Dios confió sus más valiosos tesoros. Esposo de María Santísima, padre virginal de Jesús. No hay en el cielo santo más grande después de su esposa, María.

En la historia de la espiritualidad franciscana, la figura de San José ha sido siempre sacada a la luz, por el importante rol de padre terrenal de Jesús. Esto ha hallado un espacio especial bajo el generalato de San Bonaventura de Bagnoregio  (siglo XIII) y con el movimiento de la Observancia de San Bernardino de Siena (XV).

El Papa Pío IX nombró a San José, en 1847, Patrono de la Iglesia universal. Si la fiesta, 19 de marzo, cae en Semana Santa, se anticipa al primer sábado anterior a ella. Esta festividad, que ya existía en numerosos lugares, se fijó en esta fecha durante el siglo XV y luego se extendió a toda la Iglesia como fiesta de precepto en 1621.

La paternidad de San José alcanza no sólo a Jesús sino a la misma Iglesia, que continúa en la tierra la misión salvadora de Cristo. El Papa Juan XXIII incorporó su nombre al Canon Romano, para que todos los cristianos -en el momento en que Cristo se hace presente en el altar- veneremos su memoria.
  

domingo, 18 de marzo de 2018

QUINTO DOMINGO DE CUARESMA

Esta vez, los que desean encontrarse con el Señor son de origen griego. Son paganos que quieren convertirse. Curiosamente, al pasar por el templo, en vez de entrar, estos van hacia Jesús, pero él no se dirige a ellos sino a sus discípulos, y les dice: “ha llegado la hora de ser glorificado”. Ahora, la responsabilidad de recibir a estos convertidos no es de Jesús, sino de la propia comunidad, que debe abrir horizontes para llevar la experiencia de vida con Jesús a todos, sin distinción. La “Hora” es el tiempo de la glorificación de Jesús y del Padre al mismo tiempo. Esa gloria manifiesta el amor de Dios, que se concreta en la entrega de la vida de su Hijo,
Jesús: “el grano de trigo que cae en la tierra y muere para producir fruto”. La muerte es la condición para que el grano libere la capacidad de vida que tiene; si no muere, no producirá fruto. Sin duda, cada vez que mencionamos el tema de la muerte, nos atemorizamos. Quizá porque la propia vida se frustra ante ella, y nos falta ese paso cualitativo hacia el verdadero amor, sobre todo cuando ese amor nos invita siempre a ser más humildes y misericordiosos. Jesús no tiene miedo de morir, aunque sienta fuertemente la carga psicológica que eso implica, y nos señala: “el que ama su vida, la pierde; y quien desprecia su vida..., la conserva para la Vida eterna”. Al morir, Jesús no desaparece entre nosotros, sino que se transforma en el centro de una gran comunidad. La vida terrena, para él, no es el sumo bien que debe ser salvado a cualquier precio para permanecer apegados a ella. Al contrario, lo que vale para Jesús también ha de ser valorado por todo creyente, pues todo aquel que permanece fiel a él, por medio del amor, aprecia la vida en su justa medida, sin sobrevalorarla, y la muerte, sin menospreciarla.
P. Fredy Peña T., ssp

domingo, 11 de marzo de 2018

CUARTO DOMINGO DE CUARESMA

Nicodemo se muestra como una figura del mundo creyente que no sabe cómo ser fiel al proyecto de Dios.
De manera semejante, actualmente, hay quienes creen en Jesús y tampoco saben de qué forma nacer a una vida nueva. Jesús va más allá, y es capaz de demostrar que puede vencer los límites propios de la condición humana, como la muerte. Sus contemporáneos se preguntan acerca del final de la vida y quieren asegurársela sin pasar por la muerte.
Dios no quiere que las personas se pierdan. El querer de Dios estriba en que todos se salven y venzan el mal con el poder del amor. Él desea crear canales que comuniquen vida en plenitud. La mentalidad judía de aquel tiempo decía que el Juicio se haría al final de los tiempos, cuando los vivos y los muertos debieran presentarse ante el tribunal de Dios. No obstante, para muchos, el juicio de Dios se fragua “ya”, aquí y ahora, en la identificación de las personas y de la sociedad como un todo. Pero Jesús no juzga ni condena, simplemente suscita “ese” juicio. Las personas son quienes se juzgan a sí mismas al confrontarse con el testimonio de Jesús, y optan por una vida con o sin él.
Cuando optamos por el mal y no seguimos los criterios de Dios, para buscar los intereses propios, entonces terminamos por encontrarnos con nuestro egoísmo y nos cerramos a la revelación luminosa del amor de Dios. En cambio, quien procura siempre vincularse con Jesús, está abierto a la luz de su amor. Por eso Dios considera necesario librarnos de todo mal al creer en su Hijo, Jesús, pues hemos nacido para disfrutar la vida con él, que nos conduce a la paz y la felicidad.
P. Fredy Peña T., ssp


sábado, 3 de marzo de 2018

TERCER DOMINGO DE CUARESMA


En el Evangelio del tercer Domingo de Cuaresma, San Juan relata que Jesús, al encontrar en el templo de Jerusalén a vendedores y cambistas, hizo un azote de cordeles y los arrojó con palabras encendidas: «¡Quitad esto de aquí: no convirtáis en un mercado la Casa de mi Padre!» (Jn 2, 16).

La actitud «severa» del Señor parecería estar en contraste con la mansedumbre habitual con la que se acerca a los pecadores, cura a los enfermos, acoge a los pequeños y a los débiles. Sin embargo, observando con atención, la mansedumbre y la severidad son expresiones del mismo amor, que sabe ser, según la necesidad, tierno y exigente. El amor auténtico va acompañado siempre por la verdad.

Ciertamente, el celo y el amor de Jesús a la Casa del Padre no se limitan a un templo de piedra. El mundo entero pertenece a Dios, y no se ha de profanar. Con el gesto profético que nos refiere el texto evangélico de hoy, Cristo nos pone en guardia contra la tentación de «comerciar» incluso con la religión, supeditándola a intereses mundanos o, de cualquier modo, ajenos a ella.

La página evangélica también tiene un significado más específico, que remite al misterio de Cristo y anuncia la alegría de la Pascua. Respondiendo a quienes le pedían que confirmara con un «signo» su profecía, Jesús lanza una especie de desafío: «Destruid este templo, y en tres días lo levantaré» (Jn 2, 19). El mismo evangelista advierte que hablaba de su cuerpo, aludiendo a su futura resurrección. Así, la humanidad de Cristo se presenta como el verdadero «templo», la Casa viva de Dios. Será «destruida» en el Gólgota, pero inmediatamente volverá a ser «reconstruida» en la gloria, para transformarse en morada espiritual de cuantos acogen el mensaje evangélico y se dejan plasmar por el Espíritu de Dios.

Que la Virgen nos ayude a acoger las palabras de su Hijo divino. La misión de María consiste, precisamente, en llevarnos a Él, repitiéndonos la invitación que hizo a los sirvientes en Caná: «Haced lo que Él os diga» (Jn 2, 5). Escuchemos su voz materna. María sabe bien que las exigencias del Evangelio, incluso cuando son pesadas y duras, constituyen el secreto de la verdadera libertad y de nuestra felicidad auténtica.




sábado, 24 de febrero de 2018

SEGUNDO DOMINGO DE CUARESMA


Jesús invitó a su Transfiguración a Pedro Santiago y Juan. A ellos les dio este regalo, este don. Ésta tuvo lugar mientras Jesús oraba, porque en la oración es cuando Dios se hace presente. Los apóstoles vieron a Jesús con un resplandor que casi no se puede describir con palabras: su rostro brillaba como el sol y sus vestidos eran resplandecientes como la luz.

Los personajes que hablaban con Jesús son: Moisés y Elías.

Moisés, fue el que recibió la Ley de Dios. Representa a la Ley.

Elías, es el padre de los profetas. Representa los profetas.

Ellos dan testimonio de Jesús, quien es el cumplimiento de todo lo que dicen la ley y los profetas.

De la nube que los envuelve sale la voz del padre que dice "Este es mi Hijo, mi Elegido; escuchadle" la invitación a escuchar a su hijo significa seguirlo. Escuchar y poner en practica su palabra es simentar nuestra casa sobre roca y no sobre arena.